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31 de jul de 2020 08:39
Tras los pasos de Pastor Londoño
Red+ Noticias | Gabriel Romero | Bogotá

Dos días después de la muerte de Pastor Londoño, el editor general de Red+ Noticias, Gabriel Romero, recordó los primeros pasos que lo llevaron a grabar la voz del narrador en el transitor. Esa, que un tono pausado se metía en el alma del aficionado.

Vivía en una Bogotá diferente. Más fría, gris, lánguida. El ciudadano del común era más cuidadoso al vestir. Traje de paño, en no pocos casos chaleco y el rigor de la corbata. El tío Roberto era uno de ellos y, por fortuna, compartíamos una pasión desmedida por el fútbol. Fue él quien, además de llevarme por primera vez al estadio, me llevó a conocer a Pastor Londoño Pasos, tal vez, el mejor narrador de fútbol en Colombia de todos los tiempos. Eran los años 70.

Era frecuente que cuando el tío Roberto llegaba a la tribuna Occidental General, Pastor Londoño lo saludara. “Ahí va llegando don Roberto Campos, de Autolandia”, decía el narrador en la radio. Entonces, mi tío giraba sobre sus talones, subía la mirada a las cabinas de radio y saludaba con una de sus manos a Pastor.

—¿Quiere conocerlo? -me preguntó, y cuando observó mi rostro emocionado, agregó-: Vamos a saludarlo cuando termine el primer tiempo.

En ese entonces, aficionado de fútbol que se respetara llevaba su transistor al oído. Dos narradores dominaban en El Campín. Armando Moncada, con su voz estentórea y rapidez en el relato, era uno de ellos. El otro era Pastor. Pausado, con ese timbre de voz que se metía en el alma del aficionado. Pastor dibujaba el partido. En momentos en que no había acción, él describía la posición de los jugadores. 

“El ‘Búho’ Irigoyen, por el sector Izquierdo. Willington Ortiz, tirado a la mitad. Más atrás, Alejandro Brand. El ‘Calendario’ Segovia por el sector derecho”, narraba Pastor, y yo dirigía mi mirada a la cabina y me quedaba observándolo, mientras escuchaba su voz en el transistor.

— ¿Qué mira, huevón? - me recriminó el tío Roberto, preocupado porque no estaba en el partido-. Pero segundos después entendió que observaba hacia las cabinas de radio y me repitió que esperáramos al primer tiempo. 

En el descanso, subimos al segundo piso. Nos introdujimos por un corredor estrecho. Allí estaban las cabinas de radio. Unas unidas a otras. Eran de cemento y un maremágnum de cables y micrófonos y audífonos hacían para mí ese lugar más inalcanzable y mítico. De pronto, llegamos a la cabina de Todelar. Hernán Peláez estaba en su comentario, y Pastor al lado. Yo quería entrar a saludarlo y estaba lleno de preguntas. El tío Roberto lo saludó, pero en ese instante, Pastor estaba atareado. 

Algo debía suceder con el sonido o habría quizás un contratiempo técnico. Lo cierto es que esos minutos de descanso se pasaron muy rápido y fue imposible tener contacto alguno con él. Me quedé detrás del vidrio y observé que se preparaba para narrar el segundo tiempo. Se ponía la mano izquierda en el oído y comenzaba de nuevo su relato.

En ese tiempo no existía el fundamentalismo de hoy. Los hinchas de unos y otros equipos nos mezclábamos sin mayores dificultades, y era fácil encontrar a alguien al lado con quien de inmediato entablábamos conversación para analizar el juego o discutir lo que escuchábamos en el transistor.

En medio del frío, de la lluvia tenue, de las gabardinas y paraguas, seguíamos el relato de Pastor y nos maravillaba esa facilidad que tenía para vaticinar un gol. No solo narraba, sino que tenía la claridad de observar la disposición de fuerzas en el campo y llegar a la conclusión de que el gol vendría en segundos. 

El grito de gol no era su fuerte. Sí predecirlo. Pero, como dicen en el fútbol, Pastor tenía la visión periférica para analizar el conjunto de lo que sucedía en la cancha.

Cuidaba el buen uso del lenguaje. Consciente de su responsabilidad de hablarles a miles de oyentes, procuraba no caer en imprecisiones o en el uso de palabras deslucidas. “Avanza González Aquino por la línea medular”, decía. En ese tiempo, todo era más estático. 

El juego empezaba a las 3 y 45. Siempre a esa hora. Los números eran del uno al 11. Era extraño ver un 22 o un 18. El que no tenía el 11, en general, era suplente. Y las posiciones eran más estáticas. El 7 era puntero derecho. Y como buen puntero, se le veía abierto, cerca a la raya. El 9 era el centro delantero y casi siempre se movía por la parte central en el frente de ataque. De manera que cuando cambiaban de posiciones era más notorio, y Pastor, cuidadoso del lenguaje, decía: “Los delanteros azules están trocando posiciones”. Esa búsqueda de una palabra mejor sin caer en adornos exagerados o incomprensibles. Esa línea del medio, tan difícil de sostener para el ser humano.

Todavía recuerdo aquel día del año 77. Santa Fe-América en El Campín. Juego dos a dos. Se extinguió el tiempo. Santa Fe estaba eliminado de la ronda final. Angustiosos segundos, y la voz de Pastor reflejaba que algo iba a suceder. Contaba los segundos. Hablaba del final, pero en su relato se advertía que algo podía pasar. Y ocurrió. Un último centro al área, en ese racimo de jugadores de América y Santa Fe. El argentino Leonardo Recúpero lanza la pelota y emerge Carlos Alberto Pandolfi. Un cabezazo suyo y la bola se anida en la red. “Gol de oro”, grita Pastor y mientras su grito de gol se va metiendo en el alma de quienes lo escuchan, veo la tragedia americana. A su entrenador, Pedro Nel Ospina. Veo cómo se derrumba. Cómo se deja caer al suelo, porque él y solo él sabe que ha perdido una de las mejores oportunidades de su vida. 

Pasó el tiempo, y llegaron otros narradores con sus voces poderosas, con enérgicos gritos de gol, con velocidad endemoniada para hilar palabras e ideas. Pero no he hallado a ninguno que tenga esa extraña virtud prestidigitadora de narrador omnisciente como Pastor.

Nadie como él en la radio despertó tanto mi imaginación y me transportó a lugares imposibles. Jamás crucé una palabra con él pese a que lo tuve cerca. Como un buen mito lo mantuve a distancia. Era más cercano cuando prendía el transistor y lo escuchaba. Fue, creo, la mejor manera de seguir los pasos de Pastor Londoño.

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