Pelé y Maradona
Red+ Noticias | Por Gabriel Romero Campos en El Tiempo | Bogotá D.C.
25 de nov de 2020 18:01

El 15 de noviembre de 1988 el periódico El Tiempo publicó esta columna de Gabriel Romero Campos, actualmente editor general de Red+ Noticias, y que reproducimos a propósito de la muerte del astro argentino Diego Armando Maradona. Estas líneas contienen una duda premonitoria.

El viernes 30 de octubre, el argentino Diego Maradona arribó a los 38 años. Por lo menos para el mundo de los medios de comunicación no hubo fotografías con un gigantesco ponqué y con un sonriente Maradona rodeado de una familia feliz.

No hubo rastro de celebración alguna. El mismo Maradona admitió que sólo tuvo motivos para festejar su aniversario porque recientemente se descubrió que podría ser falso un dóping que se le detectó en 1991, cuando jugaba para el Nápoles de Italia.

Otro hombre, nada menos que el Rey del fútbol, Pelé, también cumplió años en octubre. El 23 llegó a los 58. A Pelé, que hace meses dejó el Ministerio del Deporte de su país para convertirse en periodista, le pasan los años, pero su imagen ante el mundo no declina.

  • Pelé-Maradona. Maradona-Pelé. Dos nombres que pasan de boca en boca de millones de aficionados del mundo y una misma discusión: ¿Quién fue mejor? Y entonces se escuchan argumentos de todos los matices, como los mundiales que ganaron uno y otro, el número de goles, las fortalezas y debilidades y cosas por el estilo.

La discusión casi siempre se ha llevado por este rumbo. Pero las reflexiones pueden ir más allá.

De hecho, Pelé y Maradona han estado de acuerdo muy pocas veces. Dos tipos de ser humano se descifran. Pelé, ganador de tres mundiales y autor de más de mil goles, entre numerosas virtudes, supo detenerse a tiempo.

De nada valió que todo Brasil se inclinara para que vistiera la camiseta número 10 de su país con el fin de defender el título Mundial en Alemania-74. Pelé, visionario en la cancha y fuera de ella, sabía que ya había ido a la cima en el Mundial de México 70.

Pero el Rey , conocedor a fondo de las bondades de la fama y de la tragedia de quienes la pierden, no se hundiría en el anonimato. Vendrían su certero impulso al fútbol de Estados Unidos, grandes negocios, viajes, conferencias, múltiples idiomas, el Ministerio del Deporte en el gobierno de Henrique Cardoso. La negación del anonimato.

Y negar el anonimato fue también para él ponerse la máscara de la sonrisa y las buenas maneras, así su alma despreciara o quisiera permanecer distante.

Pelé, por lo menos de dientes para afuera, no cuestionó ese mundo de papel. Y no ha permitido, desde que jugó su último partido, que su nombre pase al olvido. Pelé no ha dejado de ser centro de atracción adonde va.

  • Maradona no podría ser distinto. Su vertiginosa carrera lo llevó al título mundial de Argentina en México 86 y a convertirse en el mejor jugador del mundo. El mismo que, casi sin socios, hizo que el Nápoles saliera campeón de la Liga Italiana.

Y la atrasada ciudad de Nápoles, mirada con desdén por la próspera Italia del norte, se llenó con las imágenes del ídolo. Maradona fue el símbolo de la revolución silenciosa de un pueblo oprimido.

Pelé, amigo del capital. Maradona, contestatario y rebelde. La fama de ambos, caminando por trechos distintos.

Pero el argentino ha llevado la peor parte. Levantó su voz contra el Vaticano, hurgó en las vísceras de la FIFA, gritó a los cuatro vientos las injusticias de la AFA y pretendió organizar un sindicato de jugadores para que los plácidos directivos no volvieran a programar partidos de Copa Mundo bajo el sol inclemente de las 12 del día.

  • Maradona retó al Poder, y éste le atacó con creces, hurgó en sus vísceras y entregó a la luz pública con lujo de detalles sus debilidades humanas, y las que no halló, las fabricó.

Y para que aprendiera la lección, lo apeó del Mundial de Estados Unidos, le hizo pasar la peor de las vergüenzas y cavó su tumba del retiro.

La enfermedad de Maradona, dijo alguna vez el escritor uruguayo Eduardo Galeano, no es la droga. Consiste en que no quiere dejar de ser famoso.

Maradona ya no juega fútbol y su postura enfureció al gran capital, que cada vez que puede le tira la puerta en las narices.

Pelé es Master Card, Pelé es una oficina de relaciones públicas, Pelé es un puesto burocrático, Pelé es una sonrisa de azafata. Maradona es incertidumbre, un filósofo incomprendido, una resaca en Caminito, una mirada de granito. Pelé va llegando a viejo. Maradona, quién sabe.

Columna de Gabriel Romero Campos en el diario El Tiempo


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