490X320 Destruyen CAI donde murio Javier Ordonez
9 de sep de 2020 22:58
Crónica | Indignación, protestas, disturbios y vandalismo... ¡Recuento de un día de furia!
Red+ Noticias - Por Andrés Marín Martínez - @andresymarin | Bogotá D.C.

Lo que comenzó como una protesta pacífica, convocada en redes sociales, terminó por convertirse en un violento acto de reproche de la ciudadanía por la muerte de Javier Humberto Ordóñez Benavides a manos de miembros de la Policía Metropolitana de Bogotá. Ordóñez era taxista, ingeniero aeronáutico y abogado 'ad portas' del titulo en leyes, las mismas leyes que lo llevaron a la tumba.


Una docena de rosas: once rojas y una amarilla, adornaban esa 'casa' de cuatro paredes grises y techo invertido que ya es paisaje en Colombia: el CAI del barrio, el comando de atención inmediata de la Policía al cual pueden estar asignados entre 12 y 50 uniformados, dependiendo de la cantidad de cuadrantes o de las condiciones de seguridad de una zona.

  • Había un sencillo ramo de rosas. Eso era lo que podía detallarse, desde la calle, cuando lugareños con teléfonos móviles y reporteros con cámaras fotográficas y de video rodearon con escrupulosa curiosidad el procedimiento de un equipo del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía -CTI- en el CAI Villaluz de Engativá, una localidad del occidente de la capital colombiana que hace años era un pueblo distante de Bogotá. Parafraseando a Truman Capote sobre la población de Holcomb, EE. UU., en A sangre fría: ¡Engativá queda allá...!

Hombres con trajes blancos, antifluidos, eran la fiel muestra de que por la puerta angosta de ese lugar, horas antes, entró resbalándose la parca. A mano izquierda estaban las rosas. ¡Huele a flores! Dirían las abuelas antes de la llegada inesperada de una fatalidad.

La presencia de esas personas fantasmagóricas, con esas vestiduras impolutas, como sin alma, representa la búsqueda de las manchas propias de una muerte violenta. Allí llegaron en representación de la Fiscalía montados en una de esas vagonetas que llevan un arsenal de artilugios para hacer un peritaje forense; distinguida como oficina móvil del CTI.

Fue a esa pequeña fortaleza de la fuerza civil armada, con la inscripción muy visible del número telefónico 251-07-03, en el frontispicio, adonde los policías llevaron semidesnudo a Javier Ordóñez, el hombre al que dos uniformados le infligieron ocho descargas eléctricas de una pistola taser y que murió poco después.

Ese minúsculo fortín, al cual muchas veces la gente llama para pedir ayuda, para ‘mamar gallo’ o para insultar al policía de turno, fue convertido en muro de lamentos de ciudadanos alborotados por el repetido video que ahora es constancia de una brutalidad vestida de verde oliva.

La hora aciaga

Faltaban 15 minutos para la 1:00 de la madrugada del miércoles 9 de septiembre cuando Javier Ordóñez, con dos de sus amigos (Andrés y Juan David), salió del conjunto donde vivía a buscar una tienda. ¡Estaba tomándose unos tragos con ellos! Pero justo a esa hora, cuando la vida es más oscura, la bebida estaba agotada y Javier, con sus amistades, quería más.

— ¿¡Otra vez usted!? (dijo un policía, en moto, que apareció de la nada en la calle...)

Esta habría sido la pregunta que escucharon Javier y sus amigos de boca del funcionario motorizado que andaba acompañado de otro colega. Ambos, sin chalecos fosforescentes ni números de identidad en el pecho, habrían conminado a Javier ante la autoridad de la cual estaban revestidos.

— ¡Esta vez no se me salva...! (habría dicho el policía)

En ese lapidario momento hay una ruptura en el hilo de la historia, pues de los comentarios en la calle la narrativa pasó al video. Y brotó una duda: ¿qué antecedente había entre Javier Ordóñez y el policía que lo requirió como para que el uniformado expresara semejantes insinuaciones?

  • Juan David Uribe, el hombre que grabó los 5 minutos y 49 segundos de sometimiento a su amigo reiteraba a gritos: ¿Por qué lo siguen agrediendo si hace rato él dijo: ¡por favor!?

Desde el jadeo, Javier Ordóñez se había rendido después de unas cuatro descargas del dispositivo eléctrico no letal de dotación, de esos mismos hay más de 4.200 en manos de los agentes en Colombia.

Eran dos los uniformados encima de Ordóñez mientras este, desde el pavimento, les decía:

¡Agentes, ya no más… Me están filmando…!

Hubo, en apariencia, otros cuatro choques. Los policías insistieron para desarmar la tensa humanidad de Javier. Juan David no paraba ni de gritar ni de grabar…

A Andrés, el otro amigo de la tomata, le quitaron el celular y lo inmovilizaron para llevarlo junto a Javier, en patrulla, hasta el CAI. Eran tres cuadras de recorrido desde el lugar donde ocurrieron estos primeros acontecimientos.

¡Esta vez no se me salva…!, y no se salvó...

De la angosta puerta del CAI para adentro no hay certeza de lo que ocurre. En esos momentos, el tiempo parece extenso y las cosas son tan confusas que hasta los recuerdos recientes van trabándose en la cabeza.

  • Está por probarse que ya dentro de la 'casa' a Ordóñez lo habrían golpeado, aparentemente, sin conmiseración…

Según Andrés, el amigo de Javier, en ese lugar terminaron de masacrarlo a punta de golpes. Y una prima de Ordóñez, aparecida entre telones, sostiene que escuchó a un policía de mayor rango pedirles a los hombres del CTI dispuestos en la escena no decir: ‘¡que el tipo salió de aquí sin signos vitales…!’ A lo que los 'espaciales' investigadores respondieron:

¡Solo podemos decir lo que aquí pasó!

No hubo, pues, ningún compromiso que representara solidaridad de cuerpo.

Alejandra Bermúdez, la prima, ha relatado que escuchó a los policías afirmar que Javier había intentado suicidarse y que por eso estaba con hematomas.

A Javier lo habrían encontrado esposado, con los moretones de su 'intento suicida'.

Casi desgonzado se lo llevaron a la clínica Santa María del Lago. Allá les dijeron lo que quizás todos sabían, pero nadie quería reconocer.

  • Javier Ordóñez, 46 años de edad; papá de dos ‘pelaitos, con 11 y 15 años de estar en vida. Conducía el taxi ‘zapatico’ de placas TUN-969. Así, en pasado, porque Javier Ordóñez ya empezó a ser un recuerdo.

Elvia Bermúdez, tía de Javier, escuchó el escándalo. Casi que alcanzó a verlo todo.

Estuvo despierta toda la madrugada. Y antes del mediodía fue la portadora de la infausta noticia: el destino le encomendó la tarea de decirles a sus familiares, en una seguidilla de llamadas (de esas que nadie quiere que le contesten vía celular y entre sollozos), que a Javier lo habían matado.

¡Furia en la calle!

Eran las 4:00 de la tarde. Desde cuanta moto o carro que pasaban frente al CAI de Villaluz sonaban bocinazos y gritos. Minutos antes eran las cacerolas que replicaban el llamado a una cita con la protesta; ¡ojalá pacífica!, decían.

— ¡Ahí viene el Esmad…!

Una, dos, tres tanquetas. La situación estaba ‘caliente’.

No pasó mucho tiempo cuando, esta vez sí, la mayoría con rostros cubiertos por los rigores de la pandemia, comenzaron a batir la bandera de Colombia y a sentarse en el piso para bloquear la calle. No querían que nadie pasara sin que supiera que un hombre, civil, había sucumbido en las manos de las autoridades.

Subían presurosas sus manos para jalar los tapabocas y dejar salir los gritos con la mirada puesta sobre el CAI, para que las palabras retumbaran en los oídos de los policías:

— ¡Asesinos, hijos de perra…!

— ¡Comandante de mierda, no sirvió pa’ un cu…!

— ¡Dejaron a dos niños sin papá, malpar…!

Fue una imparable sarta de improperios y golpes en las puertas de las casas o en lo que hubiera a la mano. Ya eran decenas de personas bravas. Enojadas con los policías, con la autoridad; incómodas con el uniforme; molestas con las miradas incriminatorias, así no estuvieran ahí los destinatarios de la ira.

  • Los hombres del Esmad (y muy seguramente mujeres, también...) corrieron a armar un bloque espartano para proteger el CAI y la vagoneta del CTI. ¡Nada fue suficiente! Había aerosoles, piedras, palos y más insultos… La rabia estaba derramada porque el muerto pudo ser cualquiera. Y porque también hay un malestar metido en la garganta desde hace meses.

En la mente de la masa aparecieron, de improvisto, nombres como el de Dylan Cruz, George Floyd, Jacob Blake o Néstor Novoa, el humilde vendedor de dulces que sacó del anonimato el contador de historias Fabián Forero en Red+ Noticias; y quienes han estado bajo el yugo de seres humanos con placas relucientes de autoridad.

Con esa carga memoriosa, en un país de olvidos, los manifestantes la emprendieron en contra de una motocicleta verde policial, verde con olas de madurez juvenil; la que en menos de nada quedó reducida a cenizas; y de la cual no quedará registro como menos lo habrá de tantos desaparecidos de la 'mano oscura' de la maldad.

  • Desde un megáfono propagaban un coro, repetido tantas veces en las calles de esta Bogotá enfadada… Era ese clamor que abunda al calor de las noticias y que advierte que todos los colombianos llevamos una especie de Bogotazo por dentro:

— ¡Justicia, justicia, justicia…!

Caos y confusión

Sobre las paredes del CAI estrellaron botellas con pintura sanguínea, como si las rosas rojas hubieran estallado en rojo sangre.

El número telefónico aún podía verse: 251-07-03. El mismo número al que tantos han llamado a felicitar; o a preguntar si alguien quería una tasa de chocolate para el frío. Esa misma línea que algunos niños y esposas han usado para decirle al papá o al esposo policía que se cuide mucho en el turno.

A las 10:00 de la noche, las autoridades hablaban de vandalismo en 37 lugares: entre estaciones de Policía y comandos de atención inmediata -CAI-.

  • Cinco civiles muertos entre Soacha y Suba-Rincón, 18 uniformados heridos, seis motos incineradas, tres patrullas dañadas, una ambulancia en mal estado y la vagoneta blanca del CTI averiada. Hasta la escena paradójica de un integrante del Esmad que le cascó a un compañero que la emprendió en contra de un detenido indefenso.
“En el momento hay protestas, por parte de la ciudadanía, en 90 % de los CAI de la ciudad”, dijeron las autoridades en mensajes de WhatsApp a los periodistas.

Ya destruido, a las 11:00 de la noche, el CAI de Villaluz estaba lleno de velas blancas, como si hubieran abierto un espacio a la reconciliación; pero no, era la simple sombra de una rosa amarilla consumida por las llamas.

En el 251-07-03 nadie contesta, la línea fue quemada, como quemadas están las relaciones entre ciudadanos y miembros de la fuerza civil armada de ese CAI.

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Agradecimientos para Paula Granados, Lizeth Martínez, Fabián Forero, Diana Ampudia y Negaira Roa: reporteros y redactores web de Red+ Noticias.

 

El hilo digital de la historia

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