Foto
30 de ago de 2021 09:14
#Columna | Crónica de un viaje relámpago a Seúl
Gabriel Romero, editor general Red+ Noticias, enviado especial

Por donde se le mire, en Seúl se ve el orden. Unas líneas amarillas gruesas le indican al transeúnte el lado que debe tomar cuando camina. No hay un papel tirado en el piso pese a que tampoco hay una caneca en las calles.

Seúl apenas despierta de su letargo. El día es lluvioso y nublado pese a la estación de verano. La humedad se percibe de inmediato. Son un poco más de las 8 de la mañana y aún no advertimos las calles congestionadas de autos fabricados en Corea del Sur o de vehículos importados.

  • La ciudad es gris. No solo por la lluvia, sino por el color de sus edificios. En un país, en el que la extensión equivale a la de los departamentos de Cundinamarca y Antioquia y tiene los cerca de 50 millones de habitantes, es apenas obvio que esté sembrado de edificios.

En la zona financiera, los rascacielos son altos y anchos. Parecen fortalezas, como si sus arquitectos recordaran las invasiones de los mongoles o japoneses. Se ven inexpugnables. Como si ni siquiera un cataclismo pudiera hacerles mella.
Son edificaciones rectangulares. Predominan las líneas rectas. Los arquitectos suelen decir que las líneas rectas dan la idea de lo convencional, del orden establecido, del seguimiento juicioso de una norma. Y dicen que las líneas curvas tienen que ver con la libertad, con la frescura, con la ruptura de los convencionalismos.

Por donde se le mire, en Seúl se ve el orden. Unas líneas amarillas gruesas le indican al transeúnte el lado que debe tomar cuando camina. No hay un papel tirado en el piso pese a que tampoco hay una caneca en las calles.

  • Todo en Seúl parece transcurrir lentamente. En la conserjería del hotel se toman todo el tiempo posible hasta que el visitante demuestre que es él y que ya ha pasado las pruebas anticovid. No se observa el paso frenético de las gentes. Avanzan tranquilos hacia sus destinos de trabajo. En medio del sopor del verano, todo parece transcurrir en cámara lenta. 

Estamos lejos de imaginar que su economía es la décima del mundo. Que hayan llenado el planeta con sus televisores y electrodomésticos. Que la Hyundai no solo produzca vehículos, sino que también tenga un astillero. 

Estamos lejos de imaginar que hace 70 años, Corea del Sur era tan pobre o más pobre que Colombia y que hoy su ingreso per cápita supere los 30 mil dólares.

Se queda uno observando a la gente. Los hombres, en general, con la mirada apretada y seria, pero de fácil sonrisa y amables cuando notan que un extranjero se dirige a ellos. Las mujeres no son voluptuosas. Casi siempre se les ve muy cubiertas sin importar el calor infernal. Lo que vemos en Seúl es el rostro fino y blanco de muchas de sus mujeres. Esa belleza discreta.

El asiático, en general, es más hermético. Uno puede adivinar lo que un occidental piensa, pero la mirada del oriental es casi indescifrable. Son reservados, poco explícitos y cavilan especialmente cuando están fumando. Los asiáticos, creo, son fumadores por excelencia. Salen a un balcón y sueltan la bocanada de humo mientras ordenan sus pensamientos o se confunden más. Vaya uno a saber.
En la visita del presidente Duque, el pasado miércoles 25 de agosto fue el día principal. Era su encuentro con Moon Jae-in, jefe de Estado de Corea. El recibimiento ocurrió en la Casa Azul, sede del Gobierno. 

La Casa Azul es majestuosa. Una colosal montaña la protege. A la distancia se observa el techo, con sus tejas cocidas y teñidas de azul. Es una de las hanok, casas coreanas tradicionales. Tiene un sistema de calefacción conocido como Ondol, lozas irradiantes de calor para hacerle frente a la crudeza de los inviernos. Bajo el suelo se construyen hipocaustos (invento romano), que se conectan a la estufa de la cocina. El suelo calienta las habitaciones. Pero también está la estructura Maru, que facilita la circulación del aire fresco en tiempos de estío.

  • Las medidas son extremas. Un exhaustivo examen para detectar la más mínima presencia del covid. Los periodistas entramos por una de las puertas. El presidente Duque y su comitiva lo hacen por otro lado. Penetrar a la Casa Azul toma tiempo. La espera afuera es larga, pero una vez adentro el proceso se aligera. No hay forma de que uno se detenga frente a un cuadro o a un pasillo de madera fina o se quede asombrado ante el rojo absoluto de las alfombras. 

Nos ubican en el lujoso salón donde se han de encontrar los presidentes. No se puede hablar o si se hace debe ser breve. No hay forma de que allí un periodista intente una entrevista o conteste por teléfono. Los coreanos ponen sus ojos severos encima de quien incumpla las normas y piden silencio de inmediato. Todos lucen corbata y van vestidos de paño. Las mujeres, con sus trajes largos. Una enorme lámpara rectangular de visos mercuriales adorna el recinto.

Faltan 15 minutos para las 10 de la mañana. En quince minutos habrá de comenzar el encuentro. De pronto, vemos la llegada de cuatro hombres. Casi todos de la misma estatura y rostros similares. Como soldaditos de plomo que fuesen dispuestos en el lugar por una mano invisible. Sigue la espera. Pasan más de las 10 y salvo los periodistas de la prensa oficial y los comunicadores invitados nadie más llega. Otros minutos más e irrumpe el presidente Duque. Le siguen sus ministros, a quienes les tienen asignados sus puestos con sus respectivos cargos. También entra el presidente Moon. Lo hace por un lado distinto al del mandatario colombiano. La mesa de madera fina es ancha. Alberga en el lado izquierdo a los representantes colombianos. Al frente, la delegación coreana. Los cuatro hombres que habían llegado toman sus asientos. Supimos después que eran los ministros del presidente Moon.  

  • Cada presidente hace su declaración. No toma más de diez minutos. Al lado de cada mandatario, dos pequeñas banderas de su país son testigos mudos de sus palabras. Tras un elogio de Moon del crecimiento de la economía colombiana y de su agradecimiento por los más de cinco mil soldados que participaron en la guerra contra Corea del Norte, se firman los memorandos de entendimiento. Apenas se escucha el minucioso trabajo de las plumas sobre el papel.

De pronto, la prensa oficial coreana abandona el recinto. Lo hacen con ligereza, como si estuviesen incomodando. Los periodistas colombianos permanecemos inmóviles hasta que uno de los guías coreanos nos indica que también debemos irnos. Nos conducen a otro salón, donde hay agua y café y observamos los retratos de algunos de los expresidentes.

Los coreanos, como sus estructuras, son rígidos. Tienen una forma de hacer las cosas, y no se discute. Dan una orden, y debe cumplirse de inmediato. El jefe es el jefe, y su palabra es sagrada. 
En tiempos remotos, Corea del Sur era un país ensimismado. Pero un día decidió abrirse al mundo. Se desató del yugo chino y japonés y emprendió su rumbo. Su experiencia y resultados son innegables.

  • Hoy, Corea es global. Pesa en el mundo y arrolla con su tecnología. No es mala idea acercarse a ellos. Y muchos menos cuando 70 años después del conflicto le agradecen a Colombia su ayuda en la guerra. Había que ver y sentir ese largo aplauso que recibió la delegación colombiana en la Alcaldía de Seúl. Un aplauso que salió del edificio, pasó de largo por las calles aledañas, llegó hasta el tranquilo y profundo río Han y significó la promesa de un país que nos mira con gratitud. Ojalá aprendamos algunas de sus lecciones.

Contenidos web relacionados