Foto
9 de ago de 2020 09:59
Cuando América fue campeón, por primera vez en su historia, de la mano de Gabriel Ochoa
Red+ Noticias | Gabriel Romero | Bogotá

El editor general de Red+ Noticias, Gabriel Romero, rememora una entrevista que hizo a Gabriel Ochoa Uribe (1929-2020), en 1999, sobre la ocasión en que América de Cali se coronó campeón por primera vez en su historia.

Doctor, ¿se acuerda de aquel 19? ¡Vaya pregunta la del título! Atreverse uno a decirle a Gabriel Ochoa Uribe que si se acuerda de aquel miércoles 19 de diciembre de 1979. Y cómo no se va acordar, si lo de este hombre es el detalle, el hecho nimio, el resquicio que nadie advierte. Es Ochoa el memorioso. Pues bien, esa noche América fue campeón por primera vez en su historia.

Esa noche hubo alegría en Siloé, en el barrio Obrero, en la fibra más íntima del pueblo. El médico lo recuerda todo. Su disco duro no falla. Ahí, sentado en la sala de espera del Edificio Filomena, en Cali, reconstruye el último partido, el América-Unión Magdalena, con su antes y con su después.

Eran las 8:30 de la noche cuando el árbitro brasileño Arpi Filho dejó oír su pito. La tribuna estalló en júbilo, pero se fue silenciando con los minutos. Tensa alegría. Y en los hinchas de verdad, el recuerdo del odontólogo Benjamín Urrea, que en tiempos remotos del club había sellado una maldición por disputas con otros directivos. Era la maldición de Garabato: América no podía ser campeón.

Ochoa, sentado en el banco. Y en la cancha, un bogotano grueso y bajo, e inteligente como nadie, jugaba la última final de su vida. ¿Quién era? Alfonso Cañón. O Cañoncito, como le dice con cariño el médico. ¿Cañón ahí, con sus 32 años, en una final, después de haber dejado el fútbol dos años y de haber engordado a punta de fritanga y cerveza?

América había empezado a ser campeón el 8 de enero del 79, día en que Ochoa tomó el mando. A sus órdenes estaban, entre otros, Pascutini, Reyes, los paraguayos Aquino y Battaglia, Américo Quiñones, Juan Caicedo, Gabriel Chaparro. Pero Cañón no estaba aún.

Días antes, en las vacaciones de diciembre, había ido a buscar un número 10 al torneo del Olaya. Vio jóvenes a diestra y siniestra y no lo convencieron. Se quedó observando a un hombre de poco más de 1,60 de estatura y 74 kilos de peso, que era un prestidigitador del fútbol y lo respaldaba su deslumbrante pasado. Era Cañoncito.

Ochoa le propuso volver al profesionalismo. Aterrado, Cañón aceptó. Se acabaron las harinas, las tardes de tejo, cerveza y rellena en Soacha (afueras de Bogotá). Eran tiempos de carnes, ensaladas y verduras. Cañón debía bajar 12 kilos. Tronó la prensa de Cali. Es un irrespeto con la afición, veredicto temerario. Tampoco estaban satisfechos con la inclusión de Édgar Chonto Gaviria. Cañón comenzó su dieta en Bogotá, bajo la supervisión del 'Mono' Rubio y de Jaime Arroyave. Desde Cali, Ochoa monitoreaba. Llamadas a la esposa de Cañón para cuidar la dieta. ¿'Mono', 'Mono', cómo va Cañoncito?, preguntaba. Una noche su esposa despertó con asombro. Cañoncito, tienes que bajar 12 kilos, son doce, escuchaba la letanía del médico, en medio del sueño. Y los bajó.

Le hicieron un contrato a prueba por 60 días. En ese periodo ya jugaba su primer partido. Fue contra Millonarios. América ganó 1-0 y Cañón ya había despegado. Mantuvo su nivel a lo largo del campeonato. Era vital tenerlo esa noche contra Magdalena. Al América sólo le servía ganar. Un empate era triunfo de Garabato. "El tiempo corre, y corre, y corre", se oía en muchos radios del Pascual Guerrero esa noche. “Once, once, once, once minutos de juego”, decía el narrador. “Me gusta América, pero el gol no llega”, acotaba un comentarista.

Hubo tiro libre a favor del local. Doce minutos en los relojes. Battaglia frente a la pelota. Pero el que mejor lo narra es Ochoa. Así lo vio: Gasparoni puso una barrera de cuatro hombres. La distancia era de unos 30 metros. Cañoncito se paró donde siempre se ubicaba: en la zona de semicírculo del área. Y de pronto la pelota pegó en uno de los defensores y el rebote le quedó a Cañón. Cañoncito, sin pararla, la ubicó en el ángulo inferior derecho.

Estalló la tribuna. América, campeón, coro de un estadio rojo y lleno. A Eleuterio Sánchez Ladino, hincha rojo hasta los tuétanos, lo traicionó el corazón. Una ambulancia buscaba con premura la puerta de salida en medio del "dale, rojo, dale", de más de 45 mil gargantas.

Magdalena no ofrecía peligro. Aun así, hubo siete desmayos. Trabajo en abundancia para la Cruz Roja. "El partido debe ser suspendido por falta de garantías para el corazón", fue el comentario de un locutor. Arpi Filho terminó la primera mitad. Al camerino y el discurso de Ochoa. "Seguimos marcando en zona, pero desde la mitad de la cancha. Chaparro, cuidado con el Chocó González, que es una culebrita. Juan, no deje pensar a Arango. Seguimos pisándole el área al Unión, tapemos el arranque de los volantes. Los de punta no dejamos salir a la defensa. No pueden tener pelotazo de fondo, ni salida jugando", decía Ochoa.

Regresaron a la cancha. Pasaron seis minutos. Tiro de esquina. Cobró Battaglia, la pelota fue rechazada, pero volvió. Quedó en el pecho de Lugo, que estaba increíblemente solo. La defensa de Unión, preocupada de provocar el fuera de lugar, olvidó su presencia. Lugo metió un zurdazo y fue 2-0. Gasparoni se fue encima de Arpi Filho reclamando posición adelantada. El árbitro, con serenidad, lo condujo al palo derecho y le mostró que allí estaba el lateral Israel Viloria. Gasparoni se tomó la cabeza. "América, campeón", grito en el Pascual. Fue cuestión de dejar pasar el tiempo. De tocar, de armar bloque en la mitad. Magdalena estaba vencido. El tiempo había pasado. El juez señaló el fin. Casi todos saltaron a la cancha y se abrazaron.

Ochoa se marchó al camerino. No quiso celebrar. Más tarde llegarían para felicitarlo Pepino Sangiovanni, presidente del club; doña Beatriz, la gerente, y el directivo Álvaro Guerrero. Ochoa cenó con la familia hasta la una de la mañana. Luego se puso a observar el video del partido. Le dieron las 5. Después redactó el informe que debía entregar a las 8 de la mañana, como siempre y como él se lo imponía. Debió haber dormido tres horas como máximo y regresó a sus actividades normales. Mientras tanto, Cali ya había adelantado la Feria. América era campeón después de 31 años de fútbol, y su gestor parecía no darse cuenta.

Contenidos web relacionados